dijous, 6 de juny de 2013



Autor: Stefan Zweig (Viena, Àustria, 1881 - Petrópolis, Brasil, 1942), escriptor austríac.


Font: Montaigne (1942). Barcelona: Acantilado, 2008.  


Context: Y por otro lado, aquella libertad individual, cuyo más decidido heraldo de todos los tiempos había sido Montaigne, no nos parecía necesitar todavía, hacia 1900, una defensa tan pertinaz. Porque, ¿acaso no era ya una evidencia desde hacía mucho tiempo? ¿No era ya posesión, garantizada por la ley y la costumbre, de una humanidad emancipada desde mucho antes de la dictadura y la esclavitud? El derecho a la propia vida, a los pensamientos propios y a su expresión oral y escrita sin trabas nos parecía tan naturalmente nuestro como la respiración, como los latidos del corazón. Ante nuestros ojos se abría el mundo entero, tierras y más tierras, no éramos prisioneros del Estado ni esclavos al servicio de la guerra ni estábamos sometidos al arbitrio de ideologías tiránicas; nadie corría el peligro de ser proscrito, desterrado, expulsado o encarcelado. Y, a los de nuestra generación, nos parecía que Montaigne daba tirones inútiles a cadenas que creíamos rotas hacía tiempo, sin sospechar que el destino las había forjado ya de nuevo para nosotros, más duras y crueles que nunca. Y así, honrábamos y respetábamos su lucha por la libertad del espíritu como una lucha histórica que para nosotros era superflua y fútil desde mucho antes. Una de las misteriosas leyes de la vida es que descubrimos siempre tarde sus auténticos y más esenciales valores: la juventud, cuando desaparece; la salud, tan pronto como nos abandona, y la libertad, esa esencia preciosísima de nuestra alma, sólo cuando está a punto de sernos arrebatada o ya nos ha sido arrebatada.